Ana y su perdida: El eco del vacío.


Ana contemplaba su habitación salón, un reflejo del vacío que ahora reinaba en su corazón: era el recuerdo de la imagen de su amado Alejandro, de su leve pero acogedora y cómplice sonrisa, pero muchas veces reconfortante, y recordaba sus ojos aunque humildes, llenos de seguridad, de fuerza y bondad; siempre le transmitía seguridad y protección.

Alejandro, era su amor verdadero desde su juventud y a Ana no se le iba de la mente. Hacía ya algo más de un año que, en solo en unos meses, todo cambió por circunstancias, malos entendidos, desacuerdos, distancia y Alejandro había partido de su lado, tuvo que tomar la decisión de irse dejando ciertamente un vacío inmenso que ella no sabía cómo llenar.

Las lágrimas se deslizaban de vez en cuando por sus mejillas mientras ella escribía preguntas en su viejo cuaderno. Ana no sabía por qué lo hacía, porqué escribía, tal vez porque su dolor era tan grande que necesitaba expresarlo de alguna manera, también tal y como le había aconsejado su psicóloga.

"¿Quién te devolverá su ausencia ahora?" se preguntó Ana en voz baja, sin esperar una respuesta. La imagen de su amado Alejandro, de su leve sonrisa y sus ojos llenos de paz y seguridad, inundó su mente. Desde que había partido, dejó un hueco inmenso en su vida y en su corazón.

"¿Quién me llenará el silencio que vino después a mi alma?" susurró de nuevo, mientras las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. La casa, antes era otra cosa, mi vida era otra cosa, ahora era todo era un eco constante de su soledad, silencio y muchos ratos de tristeza y sin sentido.

"¿Quién me va a curar este dolor de mi alma?" se preguntó Ana con un nudo en la garganta y el pecho encogido. El dolor de la pérdida en ciertos momentos la consumía, era una herida que no parecía cicatrizar. Tantos años juntos, dos hijos, tantos momentos buenos, tantas vivencias, viajes compartidos, toda una vida.

La lluvia caía sin cesar sobre la ventana del salón, creando una melodía melancólica que acompañaba al estado de ánimo de Ana. Sus ojos, enmarcados por unas ojeras algo profundas, observaban la habitación con una mirada perdida, como si buscara algo que ya no estaba allí.

"¿Quién recorrerá mil praderas para traer mi flor preferida?" imaginó, con una sonrisa triste. Alejandro siempre le traía flores y rosas silvestres, las que encontraba en sus paseos por el campo o el parque. Él sin duda la quería, la quiso más que a nadie.

"¿Quién me va a querer más que lo que él me quiso?" se cuestionó, sintiendo que su corazón se rompía en mil pedazos una vez más. 

El amor que ella sentía aún por él era profundo, único e irrepetible, un amor que había transformado su vida, desde su juventud durante muchos años.

"¿Quién me va a quitar ese dolor de no ser quizás ya nada o muy poco para quien lo fui todo?" Yo lo era todo para mi Alejandro, lo sé, lo he sabido siempre. 

Ana preguntó al vacío de su alma, ¿Es que ya quizás no soy nada para Alejandro? Al mismo tiempo que se sintió muy impotente. No podía comprender cómo alguien que la había amado tanto podía haberla dejado. “¿Quizás es que no supe agradecer?”, ¿Qué fue?, ¿Fui egoísta?.

Ana se dijo para ella: Yo era su musa, lo sé, su prioridad, su amor también, siempre, lo fui desde que lo conocí, desde que nos conocimos.

Las lágrimas seguían bajando por las mejillas de Ana mientras escribía estas preguntas y no sabía por qué lo hacía, tal vez porque el dolor que sentía era tan grande que necesitaba expresarlo de alguna manera.

"Y Ana se decía repetidas veces en su interior: no tengo ni idea de por qué escribo esto", leyó en voz baja una vez más el último párrafo, miró a la ventana y volvió a escuchar que llovía.

Y se dijo "Quizás la pena ya no es lo único que duele, ya solo es la tristeza, el desamparo y el vacío que me produce, si, es todo junto lo que más duele", entonces concluyó, sintiendo que su corazón se sumía en un dolor y sensación insoportable por la pérdida y la ausencia de Alejandro. 

Ellos eran y lo habían sido, durante muchos años, desde que se conocieron, como dos almas conectadas a su compromiso mutuo, y ella sentía que aún estaban conectados a pesar del tiempo transcurrido y de la distancia.

Ana cerró el cuaderno, lo abrazó y se abrazó a sí misma en la casi oscuridad de su habitación, luego se limpió los ojos buscando un poco de consuelo. 

La lluvia seguía cayendo, con un sonido que le transmitía aún menos esperanza, no cesaba su mal estar, su tristeza y la lluvia en ese momento caía con más fuerza lo que le produjo desasosiego, en ese momento se preguntaba cómo seguir adelante, cuánto le echo de menos.

Supo entonces que el camino sería largo y difícil, pero también sabía que el amor de Alejandro fue puro, ese recuerdo y esa sensación la acompañaría siempre, porque como una luz incesantemente él siempre la guió, si, ella no tenía ninguna duda, en la oscuridad de muchos momentos de su vida él siempre estuvo ahí, dándole fuerza, la seguridad y su protección, confortándola en todo momento en prácticamente todos los aspectos, como su pareja, como persona y en los muchos y diversos ámbitos como mujer.

...

Su historia, la de Ana y Alejandro, nos sirve como un recordatorio para apreciar las cosas y a las personas buenas de nuestras vidas y reflexionar, que no nos paramos a pensar lo que supone tener a nuestro lado a gente humilde y generosa. 

Deberíamos pensar más en ello y cultivar la gratitud por cada momento en el que esa persona nos da su tiempo, su apoyo y la voluntad que pone, también por cada experiencia con la que nos enriquece, lo que nos enseña, la protección que nos da y lo que nos conforta. 

Algunas de las personas que nos acompañan en nuestra vida y que son seres con talante bondadoso y generoso, a los que no prestamos suficiente atención, no les mostramos un mínimo de gratitud en muchos momentos, a veces se cansan y se les agota la paciencia y hasta que no se van, o toman distancia, no sabemos cuánto nos aportaban.

Luego ya, en la mayoría de los casos es tarde, ya es muy tarde.

Solo cuando nos damos cuenta y somos conscientes del valor verdadero de esas personas y del impacto que sentimos al no tenerlas ya cerca, es cuando pensamos lo mucho que contribuían a nuestra estabilidad y felicidad.

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