Deja que el miedo te atraviese, el miedo no mata, te hace trascender a la verdad más íntima de tu ser.
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Hay ciertos momentos en la vida en los que la oscuridad nos envuelve tan profundamente que el mundo parece reducirse a un abismo insondable. Yo también pasé por momentos muy, muy difíciles y duros de la vida, donde el peso de la existencia parecía una carga imposible de soportar. En ese vacío, comprendí lo que tantos otros sienten, porque “hasta que no le pasa a uno mismo, no lo entendemos bien en el sentido más profundo.”
El dolor es un maestro cruel, pero eficaz. Nos enseña lecciones que jamás podríamos aprender en la luz de los días tranquilos. Es en las noches de tormenta, cuando el alma se retuerce y se quiebra, que uno descubre verdades que de otro modo permanecerían ocultas. Como un barco en medio de un océano embravecido, fui lanzado contra las rocas de mi propia existencia, enfrentado a cada uno de mis miedos, a cada duda, a cada sombra que había evitado mirar en muchas ocasiones. Y en esa lucha silenciosa, cuando el miedo había perdido ya su filo en mí, entendí lo que siempre había estado ante mí y me dije: "Deja que el miedo te atraviese; el miedo no mata, te hace trascender a la verdad más íntima de tu ser." Esto es lo que me murmuré como un sentimiento profundo que recorrió instantáneamente el trayecto desde mi corazón hasta mi cerebro, sí, a esa parte de la razón en mi mente.
Ese pensamiento, nacido quizás en la desesperación más absoluta de mi alma, se convirtió, a partir de ese momento, en un punto esencial de mi guía. El miedo, algo más temido ahora, se revela contra mí, ya no como un enemigo a vencer, sino como una puerta hacia las profundidades de mi propia alma, a donde voy de vez en cuando a descubrir verdades. Y los miedos que ahora asoman de vez en cuando se han convertido y han pasado a ser como un puente de paso que, al cruzarlo, desvela lo que el bullicio del día a día no te deja ver.
El miedo no es el fin, sino el comienzo. Al permitirle fluir a través de mí, observándolo sin resistirme, sin huir, descubro que al otro lado había algo más, algo que las palabras apenas pueden rozar porque un sentimiento y una verdad sobre ti mismo no es fácil de expresar con palabras. Encontré una verdad pura para cada uno de los miedos que enfrenté, una chispa de la luz que te hace comprender y que solo se hace visible cuando se ha caminado por las noches más oscuras y vacías de nuestra existencia.
En el silencio que sigue a la tormenta, cuando el viento se calma y las olas se aquietan, uno se encuentra con su esencia pura y desnuda. Y el vacío y la soledad que antes parecían una condena se convierten en un espacio sagrado, donde lo que realmente somos ahí se revela con una claridad que puede llegar a ser cegadora. Y aunque las cicatrices del viaje de la vida sean permanentes, son también la marca de haber sobrevivido, de haber trascendido.
Ahora, al mirar hacia atrás, no puedo evitar sentir a veces una extraña gratitud por esos momentos. No es porque el dolor y el sufrimiento fueran deseables, sino porque me condujeron a unas conclusiones que de otro modo jamás habría conocido. Es, sin duda, en los momentos de miedo donde la verdad se despliega y te alcanza, como una pequeña luz en la oscuridad que te hace ir hacia ella, esperando a ser vista para mostrarte la puerta de salida.
Deja que el miedo te atraviese. No lo evites, obsérvalo, no luches contra él. Porque su paso a través de ti te transformará, te llevará más allá de lo que conoces y conocías sobre ti, más allá de lo que crees ser, y te revelará las verdades más íntimas y las más eternas que habitan en lo más profundo de tu ser.
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