La Sombra del Veneno en Una Pareja: El interés y el egoísmo.
Por supuesto, que cualquier parecido de este texto con la realidad puede ser una mera coincidencia.
Esta historia solo quiere transmitir la esencia y las emociones más íntimas del protagonista de este relato, que se encontró en una situación de este tipo.
Hasta que sus exigencias se volvieron inasumibles...
Al principio, ella fue como un bálsamo para mi alma. Aún puedo evocar con claridad el día en que la conocí, en el que mis palabras hacia ella fueron de preocupación y aliento después de una historia que me contó en la que le habían sucedido grandes desgracias, en aquella época ella era joven y dulce como la miel y sus palabras parecieron envolverme también en una burbuja de seguridad en que era una persona a la que debía de prestar mi atención y mi generosidad.
Y lo que empecé a pensar y a sentir es que ella lo que me ofrecía parecía amor, y yo, también necesitado de afecto, creí que me iba pareciendo que sería eterno.
Yo también había atravesado varias tormentas, pero en ella pensé haber encontrado finalmente el refugio anhelado, un amor sincero que por fin le daría algo más de orden y propósito a mi vida. Durante un tiempo, esa ilusión me sostuvo, y camine muchos años a su lado con la certeza de que el mundo, al fin, se alineaba a nuestro favor.
Sin embargo, esa burbuja comenzó a perder su forma con el paso del tiempo, convirtiéndose en una prisión de cristal, cada vez más estrecha y opaca. La seguridad y autoestima inicial que me dio paso a una asfixiante sensación de encierro. Aquellos primeros encuentros en los que sus halagos y admiración, tan llenos de pasión, se transformaron, años después, en demandas constantes, disfrazadas de "necesidades" y "exigencias".
Mis logros de estabilidad económica familiar, que antes despertaban su admiración, empezaron a ser valorados únicamente en la medida en que servían a sus propios intereses.
Mis inquietudes y ciertos quizás temores, que solía compartir con ella en busca de un consenso y visión general conjunta hacia nuestra estabilidad económica , se desvanecieron poco a poco en el aire, ignorados o minimizados porque no se ajustaban a sus planes. Su egoísmo hay intereses particulares se infiltraron en nuestra vida en común como una hiedra venenosa, enredándose en muchos aspectos de nuestra existencia y convivencia en común, hasta asfixiar casi por completo mi espíritu conciliador.
Recuerdo con nitidez la primera vez que sentí su verdadero peso, como un golpe bajo el agua que te deja sin aire. Era una noche tranquila, de esas en que uno busca en la compañía de la persona que quiere con la que convive tratando de tener un remanso de paz y armonía. Pero fue entonces cuando ella me pidió que dejara de lado mis intenciones de ahorro para embarcarnos en otro viaje más, uno más de los tantos que habíamos hecho bajo su preferencia y planificación. Insinuó que mi esfuerzo en ahorrar era en cierta manera de admirar pero que, en cambio, debíamos dedicar esos ahorros a un viaje más, uno más de caprichos. En ese momento, me sentí bastante pequeño, insignificante, como si no tuviera derecho a aspirar a algo tan básico como la estabilidad y coherencia económica de nuestra familia y nuestros hijos. Fue como si, de repente, una grieta más se hubiera abierto en la realidad que yo creía sólida.
Aquí tienes una versión mejorada de ese fragmento:
En la penumbra de aquella noche, mientras mis pensamientos se enredaban en la realidad, empecé a discernir la sombra que se ocultaba tras su a menudo amable fachada. El egoísmo y el interés que había percibido en ella no eran circunstanciales; formaban parte de su intrínseca esencia, de su manera inmutable de entender la vida. Comprendí que lo que apenas empezaba a vislumbrar ahora en ese momento, en realidad, ya se había sido revelado antes, aunque entonces, en otras ocasiones yo lo había minimizado e incluso ignorado quizás a propósito por no quere ver esa realidad en ella .
Con el tiempo, esa grieta se fue ensanchando, y la imagen idealizada que tenía de ella comenzó a desmoronarse a pasos agigantados. Muchos de mis sueños, uno tras otro, habían ido siendo postergados, relegados al último rincón de nuestras prioridades, tantas veces ya a la sombra de sus prioridades y caprichos. Muchas de las cuestiones y casi todo lo que alguna vez me había definido, fue apagándose lentamente, como una planta privada de luz que empieza a marchitarse. Poco a poco, me convertí en una sombra de mí mismo, un hombre que caminaba en ese momento por la vida con la cabeza más bien gacha e incluso a veces temeroso de no poder cumplir con sus expectativas cambiantes, prácticamente y últimamente siempre centradas en su favor y hacia su propósito.
Cada día se convirtió en una especie de batalla interna. Una parte de mí anhelaba cambiar la situación, pensando que su forma de ser "no era tan arraigada" y que no podría ser tanto que modificarla en parte, resultaría imposible, yo solo tendría que tener paciencia comunicación y trasladarle mi visión sobre la realidad de lo que estaba sucediendo.
Pero otra parte de m, en cambio, estaba paralizada por el miedo quizás a perderla, a enfrentar un futuro peor y desconocido, diferente a los muchos momentos de felicidad qu habíamos compartido. Me aferraba a la esperanza de que ella cambiaría, de que se daría cuenta del daño que estaba causando a nuestra relación, que también me estaba causando a mí, y es que esas personas no se ven no son conscientes simplemente son así.
Hablamos varias veces sobre estas cuestiones y entonces mi esperanza, como una vela en la oscuridad, se fue consumiendo lentamente, hasta convertirse en un parpadeo apenas perceptible, hasta que comprendí que esa persona nunca iba a cambiar de forma de ser.
El punto de inflexión llegó en una tarde gris de invierno, cuando todo cambió. Habían pasado años desde que nos conocimos, desde que formamos una familia, y ahora, décadas después, nos encontrábamos en esta situación de grandes equilibrio en la pareja y en la convivencia. Esa tarde, ella hizo un comentario desdeñoso sobre mi desempeño en la parte económica, particularmente en lo que respectaba a favorecer a uno de nuestros hijos en circunstancias especiales. Algo que antes hubiera sido motivo de agradecimiento, de respeto e incluso cierta admiración, se convirtió más bien en un reproche.
Y cuando me di cuent que nada de lo que hiciera sería ya suficiente para ella, entonces una espada de frialdad me atravesó el pecho.
Me insinuó "Deberías esforzarte más en llevar las cuentas de lo que se está gastando en la obra de mejora de tu hijo", me dijo más o menos con esas palabras. En ese instante, algo dentro de mí se rompió, ella no estaba haciendo nada desde que empezó la obra, ni siquiera ayudarme a llevar las cuentas ni interesarse por el desgaste que yo estaba sufriendo en esa situación.
Fue entonces a mirarme en el espejo, vi a un hombre algo más destrozado aún, con una mirada apagada, desprovisto ya de mis buenos valores, como persona, como padre como pareja. El reflejo que me devolvió el espejo no era más que la carcasa vacía de lo que alguna vez fui para ella.
Fue entonces cuando comprendí que había llegado el momento de poner fin a esa situación que se estaba convirtiendo en una pesadilla. Tomé la difícil decisión de marcharme. "Parece que el que sobra soy yo", fue lo que dije, y en ese momento en mi interior, rompí las cadenas invisibles que me ataban a esa desdibujada relación.
Salir de mi vida cotidiana fue como arrancar un gran árbol de un terreno y trasplantarlo a otro que por fértil que sea nunca volvería a ser igual, porque aún necesitará mucho tiempo para que sus raíces se asienten.
Los primeros días fueron los más difíciles, llenos de soledad y de la abrumadora sensación de vacío interior, además de todos los sentimientos que se pueden experimentar en una depresión profunda. Pero con cada paso que daba lejos de la situación vivida en esos últimos tiempos, comenzaba a tratar de reconstruirme en otras circunstancias, tiempo y espacio, es más, aún pensando que todavía ha sido una pesadilla y con la esperanza de que todo podría volver a ser como antes de los últimos acontecimientos, que todo podría ser como cuando durante mucho tiempo atrás hubo equilibrio en la relación de pareja, en aquel tiempo en el que había más consenso entre nosotros, durante el gran periodo en el que prosperamos juntos empujando en la misma dirección, cuando conseguimos muchas metas y criar a dos hijos con el máximo interés hacia ellos y hacia nuestra familia.
Pero de pronto estaba en otra realidad ya muy distinta y me rodearon personas, familiares y amigos que me apoyaron incondicionalmente en mi nueva situación, como el agua y el sol que hacen reverdecer a las plantas marchitas. Comencé a explorar nuevas situaciones y a conocer a otras personas. Me di cuenta de que había más gente como ella, acechando, adulando para conseguir sus fines y sus propósitos más allá de tu generosidad.
Lentamente yo, como un árbol, después de la sequía, que recupera su gran vigor pasado, empecé a sentir de nuevo un poco de la fuerza de la vida correr otra vez por mis venas, intentando comprender si había superado esa etapa de mi vida, aunque a veces aún me aferraba a la esperanza de que ella pudiera cambiar, de que pudiera mostrar su mejor versión, aquella que me había cautivado en un principio.
Las cicatrices aún están ahí, como los anillos en el tronco de un árbol que ha sobrevivido a muchos inviernos duro, los que me definen. He aprendido a qué he de amarme o al menos a quererme un poco más, a confiar en mi intuición y a establecer límites saludables en mis relaciones interpersonales con cualquier persona en cualquiera de mis ámbitos. Y aunque el camino ha sido largo y muchos momentos tortuoso, sé que aún, sin duda, quedan otros mejores por recorrer.
.....
Convivir con una persona interesada y egoísta es una experiencia que te marca para siempre, como un hacha que corta profundamente en la madera, pero también es una oportunidad para crecer y fortalecerse, para aprender y reinventarse. Aunque el dolor y el vacío hayan sido intensos, espero que la recompensa sea mayor: la libertad de ser uno mismo, con la conciencia de haber hecho siempre lo que estaba en mi mano por esa persona, hasta que sus exigencias se volvieron inasumibles.